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Tres años. Cuatro. Cinco. Cuando hablamos de renovar equipos informáticos, solemos medir su vida útil de una manera aparentemente sencilla: contando años. Sin embargo, pensemos en dos ordenadores comprados exactamente el mismo día. Uno ha pasado los últimos cuatro años realizando tareas administrativas, utilizando correo electrónico, herramientas ofimáticas, navegación y aplicaciones corporativas. El otro ha trabajado durante ese mismo periodo con diseño, edición audiovisual o aplicaciones que requieren una elevada capacidad de procesamiento. Los dos tienen exactamente la misma edad, pero ¿significa eso que ambos han llegado al mismo punto de su vida útil?

Probablemente no. Y es aquí donde conviene diferenciar dos conceptos que utilizamos muchas veces como si fueran equivalentes: antigüedad y obsolescencia.

La edad cuenta solo una parte de la historia

La fecha de fabricación de un dispositivo es un dato objetivo, pero su capacidad para continuar siendo útil depende de muchas más variables. Influyen su configuración, el mantenimiento que haya recibido, el estado de sus componentes, sus posibilidades de ampliación y, especialmente, las tareas que esperamos realizar con él. Un ordenador puede haber dejado de responder a las necesidades de un determinado profesional y continuar ofreciendo un rendimiento perfectamente válido en otro contexto.

La obsolescencia tampoco está determinada exclusivamente por el rendimiento. En ocasiones llega por la compatibilidad con nuevas aplicaciones o sistemas operativos y, en otras, por cuestiones de seguridad. Un ordenador puede seguir funcionando aparentemente bien, pero si ya no permite utilizar software que recibe actualizaciones de seguridad, mantenerlo en determinados entornos puede dejar de ser razonable. Por eso, prolongar la vida útil de la tecnología no debería significar mantener cualquier dispositivo funcionando indefinidamente, sino saber evaluar cuándo sigue siendo adecuado y cuándo ha llegado realmente el momento de sustituirlo.

Esta diferencia resulta especialmente importante cuando una organización afronta una renovación tecnológica. Que un ordenador ya no sea adecuado para el puesto en el que se encuentra no significa necesariamente que haya llegado al final de su vida útil. Quizá simplemente haya llegado al final de esa etapa de su vida útil.

Cuando cambiar de contexto cambia también la utilidad

Imaginemos un equipo utilizado durante varios años por un profesional que trabaja diariamente con aplicaciones de altas exigencias. Con el paso del tiempo, las necesidades aumentan, el software evoluciona y llega un momento en el que el ordenador ya no proporciona el rendimiento necesario. Renovarlo puede ser una decisión completamente lógica. Sin embargo, ese mismo dispositivo podría continuar ofreciendo durante años un rendimiento más que suficiente para tareas ofimáticas, navegación, formación, atención al público o numerosos usos con menores exigencias de procesamiento.

Cambiar el contexto puede cambiar completamente nuestra percepción sobre el valor de un dispositivo. Y precisamente ahí aparece una de las oportunidades de la economía circular aplicada a la tecnología: entender que la renovación y la reutilización no tienen por qué ser decisiones enfrentadas.

Naturalmente, dar una segunda vida a un dispositivo tampoco consiste simplemente en trasladarlo de una mesa a otra. Es necesario comprobar su estado, revisar sus componentes, realizar las reparaciones o ampliaciones necesarias, limpiar y preparar el equipo y garantizar que la información de su utilización anterior haya sido eliminada correctamente. Solo entonces puede comenzar una nueva etapa con las garantías necesarias.

Es una realidad que observamos diariamente desde el área de Economía Circular de Pulsia. En nuestra planta de Sanlúcar de Barrameda contamos con capacidad para reacondicionar hasta 200 equipos por turno de trabajo, trabajando con ordenadores, portátiles y monitores de fabricantes como HP, Lenovo y Dell. El proceso permite comprobar continuamente algo que resulta difícil apreciar cuando únicamente observamos una fecha de fabricación: la edad de un dispositivo cuenta solo una parte de su historia.

Renovar tecnología también puede significar aprovecharla mejor

Las organizaciones necesitan renovar sus equipos. Existen puestos que requieren cada vez mayor capacidad, nuevas aplicaciones, mejores prestaciones o características que determinados dispositivos simplemente ya no pueden proporcionar. La economía circular no debería cuestionar esa necesidad, sino plantear qué sucede después con la tecnología sustituida.

Algunos dispositivos habrán alcanzado realmente el final de su vida útil y deberán gestionarse adecuadamente. Otros necesitarán una reparación. Algunos podrán mejorar sus prestaciones mediante una actualización de componentes y muchos estarán preparados para continuar ofreciendo valor durante años en un contexto diferente. Analizar correctamente cada caso permite compatibilizar dos necesidades que no deberían entenderse como opuestas: seguir avanzando tecnológicamente y aprovechar mejor los recursos de los que ya disponemos.

Esto también cambia la forma en la que podemos plantear una renovación tecnológica. En lugar de considerar todos los dispositivos de una determinada antigüedad como un conjunto homogéneo, podemos valorar su estado, prestaciones y posibilidades de reutilización. No todos los equipos comprados el mismo año han tenido la misma utilización, sufrido el mismo desgaste ni tienen por delante las mismas posibilidades.

Entonces, ¿cuánto tiempo debería durar un ordenador? Probablemente no exista una cifra válida para todos los casos. Cuatro años pueden ser demasiados para determinadas necesidades y muy pocos para otras. Quizá, por tanto, la pregunta adecuada no sea únicamente “¿cuántos años tiene este equipo?”, sino “¿sigue siendo adecuado para lo que necesitamos?”.

Y cuando la respuesta sea no, todavía merece la pena formular una última pregunta:

¿Puede seguir siendo útil para alguien más?

Separar antigüedad de obsolescencia puede parecer simplemente una cuestión técnica, pero también puede ayudarnos a tomar decisiones más eficientes, responsables y sostenibles sobre la tecnología que utilizamos cada día.